El arranque original de “Fuera del amor”

FUERA DEL AMOR (capítulos 1 y 2)

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Este es el inicio de la novela breve, o noveleta, Fuera del amor, reducido a unas dos terceras partes durante el proceso de edición del libro Todas las huellas. Tres novelas breves (Universidad de Antioquia, 2013). Ojalá queden antojados de leerlo.

 

***

Uno

Al menos ahora tengo novia, y no una novia cualquiera.

Cierro los ojos con fuerza. El viento que, huracanado, entra por la ventanilla, azota mi rostro. Suspiro. Me estremece recordar el estallido de una botella de brandy, y el grito de horror de una mujer, en la madrugada de un vívido y oscilante infierno. “Mónica es hermosa”, me digo. “Nunca terminaré de agradecer su presencia”. Giro la cabeza, miro a través de las ventanillas del otro lado del bus la cuesta que bordea la vía Las Palmas subir a toda velocidad, mientras bajo a Medellín. El brillante celofán que recubre a uno de los vidrios se ha abombado, y un borde suelto se agita furiosamente, palmoteando. ¿Me oculta algo? ¿Me oculta, para ser exactos, todo lo que me dice? Siempre, ahora lo veo, existe en este perdido infinito la libertad para mirar a donde uno quiera, aunque no siempre sea claro para uno el valor enorme de ese pequeño poder. No importa si, a excepción de mis artículos de cine, no tengo en este momento nada de qué escribir. Esa falta de ideas me agobia un poco, pero la vida, indiferente, me regala a borbotones una luz o una existencia ajena que es imposible despreciar.

Poco antes de nacer, escuché una voz afuera, y supe que sería escritor. Me dije, o pensé, o más bien sentí, que no dejaría que lo que sucede, o lo que me sucediera, pasara en vano. Luego nací, hecho un puro abanico de terror, y el vómito que vi no he podido olvidarlo jamás. Eso era el mundo. Nadie me cree que ya entonces me diera cuenta de las cosas, pero esto, desde luego, no lo niega, y me tiene sin cuidado. La mirada sonriente de mi madre, en el balcón de la casa del Nogal, fue lo primero que me dio ánimos para vivir. Recuerdo que me llevaba en sus brazos, y el resplandor de la calle, más diferenciado que antes, me hizo mirarlo todo con curiosidad. Varios pájaros se balanceaban sobre unos cables de luz. Un carro de caballos entró a un parqueadero. Un hombre con una canasta llena de envueltos pasó lentamente en bicicleta y soltó un alarido. Cuando, sobresaltado, alcé mis ojos hacia los de mi madre, la línea de su boca se expandió, centrada en mí, y me enseñó la firme hilera de sus dientes con una confianza que me amedrentó, pero que me hizo sentirme suyo y abrazarla, hundiendo mi rostro en su pecho, pues aunque todo se me hacía abrumador, ella sí me entendía.

El amor… Qué engaño tan humano, qué maravillosa invención, acaso divina. He podido descubrir otras cosas por él, he podido saborear la vida, sólo por él. Quizás es lo único que busco, y lo único que hace que yo pueda decir que algo, en verdad (¡en verdad!), es bello. ¿Y quién no lo lamenta? ¿Quién no está sometido a su chantaje? Pero cómo nos dejamos llevar por él, cómo queremos transformarlo todo en lo que la sonrisa de nuestra madre, de nuestros hermanos, o de una niña olvidada, simularon ante nuestra desnuda, vulnerable ignorancia… Aferro la varilla de la banca del frente. Miro a una señora de pómulos curtidos sentada al lado. No hablo de fantasías. Hablo de la terrible experiencia… A cuántos maltratos, a cuánta displicencia no nos dejamos someter en busca de un gesto amable, un solo gesto al final del día. Y después de un tiempo, eso tampoco basta. Queremos la realidad. Una realidad encima del mundo, un espíritu que flote por encima de las aguas. Una realidad que, incluso lejos, incluso apartada de todo, nos dé la seguridad de que no estamos solos.

Antes de que Mónica y yo nos conociéramos, intenté matarme, e intenté salvarme, pero ya era ella el motivo de todo (sin serlo). Hoy disfruto con su soberana diferencia, con sus rasgos más volátiles, con todo lo que me excluye de su ser y que, sin embargo, me apropio, contemplándola recostado en cualquier parte. No sé si soy ella, pero sí sé que Mónica es otra cosa, exactamente lo que en mí está vacío, y que tal vez yo soy lo que en ella no puede ser. Siempre termino necesitando estar solo, pero siempre vuelvo a mi novia, y esos ciclos no precisan excluirse del todo. Más bien, me resulta imperioso mirar a otro lado a cada instante, mirar a donde quiera, aunque, sin saber de Mónica, o al menos de la existencia de Mónica, todas mis miradas serían algo estéril.

Para escribir, yo no me basto.

  • – Gracias, amigo –le digo al chofer, y me bajo del bus.

Me dejo andar, me dejo robar por las cosas.

Esquivar a la gente por la calle no es más que darle paso. A veces creo que me interrumpen, a veces creo que corren detrás de nada, pero yo soy igual a ellos. Algunas chicas me miran y sonríen, uno que otro muchacho escupe a mi paso… ¿En qué piensan? Me habrán visto por televisión, habrán tenido noticia de mi torpe y convulsionada historia, habrán sentido fastidio o simpatía por lo mucho o poco que hayan sabido de mí… La mayoría no me determina. Sigue en su charla o con su gesto adusto, fatigado o expectante… Éste de overol lleva un vidrio para un escritorio o una ventana, y se sube en la moto que conduce otro vestido igual. Aquel anciano es llevado de los brazos, con lentitud, por una mujer que no es mucho menor que él. Un señor con chaqueta de paño duerme, tendido al pie de un árbol, abrazando una bolsa transparente, repleta de yerbas verdes. Los venteros ambulantes ofrecen esculturas de dragones, peonzas luminosas, manillas con toda clase de nombres. Yo miro las pirámides de videos piratas en busca de una mujer exuberante. Ahí está una, en tonos desteñidos, con los senos al aire y una gargantilla de taches, chupándole el falo a cualquiera. No es eso lo que más me gusta, aunque a veces me entran ganas de comprar uno de esos videos…

Tampoco me duraría mucho.

Lo botaría después de usarlo dos o tres veces, estragado, indignado, denigrando de mi lujuria. Y me pregunto qué pensaría Mónica de mí si me matara un carro cruzando la Avenida Oriental –como hago ahora– y en mi maletín encontraran una película porno. Ella, a quien le gusta el cine más que a mí, a quien la imagen tanto afecta…

Sé muy bien que no hay nudo en el cual se apriete con más fuerza el entrevero de los sueños, o al menos de mis sueños, que la redondeada nalga de una mujer, y no creo que sea menor el deseo de Mónica ante la de un hombre (o ante su pecho o, sobre todo, su mirada), pero es evidente que ante el sexo explícito nuestra actitud es del todo opuesta. Yo debo luchar conmigo mismo para no quedarme mirando al ver pasar a una mujer escotada, y, si su cuerpo tiene las debidas proporciones, no pienso en otra cosa que en arrancarle la ropa y ponerla en cuclillas delante de mí, sin miramientos. Si se trata de una modelo, en una revista, lo que más me gustaría es pasar la página y verla desnuda, satisfaciéndose o atravesada por un amante. Mónica tampoco se resiste fácilmente a buscar los ojos de un hombre que la atrae, y quién sabe qué pasa por su mente entonces, pero la visión de un polvo exhibido ante otros le genera una repulsión inmediata.

Para saberlo no es necesario que uno haya visto su reacción.

La noche en que nos conocimos, en la taquilla de una sala de cine del Colombo Americano, no cruzamos palabra. Nos sostuvimos la mirada un segundo, y con eso fue suficiente para que un mutuo interés por el otro nos invadiera. Después coincidimos en otra película, luego en un bar. De lo primero que hablamos fue de cine, y, en cierto sentido, es de eso de lo único que seguimos hablando: lo demás es superfluo. Por supuesto, siendo como soy, yo no pensaba sino en acostarme con ella de una vez, aunque ya sabía que lo mejor, y lo más difícil, sería hacerlo muchas veces, quizá (¿por qué no?) toda la vida. En cambio, y no como todas, Mónica se negaba a entender cualquier cosa que hubiera entre nosotros como una atracción puramente sexual. Eso era bien nuevo para mí, y era todo un reto…

Sólo pude entenderla, y sin ningún roce llegué a ser tocado por mi novia en el fondo de mi ser, el día en que vimos Secretos del corazón, de Montxo Armendáriz. Esa noche supe que, si compartir el cine era nuestro mejor modo de comunicarnos, con eso había para experimentar o dar cabida a los placeres más intensos, reveladores y sutiles. Mónica me había recomendado la película durante meses, y, hasta el día en que la vimos, aún no nos habíamos ido a la cama. Cuando la historia del pequeño Javi concluyó, luego de sus muchos asombros, con la imagen del niño aprendiendo a bailar, haciéndose adulto, yo agaché la cabeza y sentí una inundación en mi pecho… Entonces Mónica me besó y, con un suave impulso, me acostó en el sofá.

  • – Bien pueda, Santiago –me dice Obando, uno de los vigilantes del Colombo, y me deja entrar sin revisar mi maletín.

Yo debo ir a la biblioteca a ver si por fortuna encuentro el libro que consulté hace tres semanas y que, desde entonces, está extraviado. Ese día, mi afiliación se había vencido, y como salía de afán, con Mónica, a ver una película, pensé que lo mejor era dejarlo en cualquier parte para que algún auxiliar lo acomodara. Recuerdo que me dije: “Qué tal que se pierda”, pero, pese a que con un pequeño esfuerzo lo habría podido devolver, sin temor a confusiones, al lugar preciso de donde lo tomé, de todos modos lo dejé por ahí y ni siquiera me tomé la molestia de anotar el nombre del libro o el código de referencia. Después, cuando renové la afiliación, volví a buscarlo, y ya no estaba, y había olvidado el título y la autora. Lo peor es que lo necesito con urgencia para el artículo que estoy escribiendo, pues lo más correcto sería citar el nombre de la persona o del texto de los cuales saqué la información que ya he usado –y debatido.

Dejo mis cosas en el casillero y voy a la sección de cine, pero hoy tampoco lo logro encontrar. Era grueso, rojo, y, sobre el lomo, el título y el nombre de la mujer resplandecían en grandes letras amarillas. Ahora no está por ningún lado. Los empleados de la biblioteca me dicen que a veces hay libros que se pierden porque alguien se los roba, o porque los auxiliares los ubican mal, y yo me doy cuenta de que, sin duda, algo así ha pasado con el que tanto me hace falta… Ya van más de veinte días, y el libro no aparece.

Resignado, salgo a esperar a Mónica en las escaleras.

Dos

La mujer que acaba de entrar a El Acontista, adonde Mónica, cuando la llamé, un poco inquieto por su demora, me ha dicho que la espere –un café elegante, cálido y acogedor, nuestro más común sitio de encuentro–, se ha sentado en una mesa diagonal a la mía, casi de frente, luego de mirar, inmóvil y relajada, hacia todos los rincones. Yo tengo ante mí una taza de café hirviente, tal como me gusta, y me la bebo a sorbos con la mirada perdida en los viejos afiches que adornan el local y en las sombras y brillos caprichosos que, ahora que empieza a irse el sol, se deslizan, desde la calle, sobre los barnizados adobes de la pared. He dejado de pensar en el artículo, y vuelvo a pensar en él, y me olvido de nuevo. La chica mira otra vez alrededor, buscando quizás a un mesero. Consulto mi celular. Falta un cuarto para las seis. Es un placer contemplar cómo las ráfagas de viento que pasan por la ancha puerta estremecen las hojas de un gran ramo de heliconias puesto en un relumbrante jarrón de vidrio, encima de la barra. Sin embargo, mi atención está ahora sobre la joven.

Es atractiva, un poco entrada en carnes, pero bastante sensual.

Saco mi cajetilla de Boston Light, me levanto con soltura y camino hasta la columna en donde una bandeja de ceniceros me aguarda sobre un empotrado anaquel de madera. Cojo uno, me devuelvo balanceando mis hombros a cada paso y me siento. El yoga me da una ligereza y una autoridad en cada movimiento que quiero que esta mujer aprecie. Miro a la calle mientras enciendo el cigarrillo. Miro hacia el fondo del café. Unas colegialas han juntado dos mesas en la pequeña tarima, al lado de los baños. Las acompaña un muchacho algo mayor, de pelo largo y barbita en forma de candado. La mujer me está mirando, y desvía los ojos tan pronto la descubro.

Los meseros no la han visto porque la oculta la columna de donde he tomado el cenicero.

En uno de los afiches, que hace parte de una exposición sobre cine documental, hay un texto mío que el curador no ha citado. Es parte de un escrito de hace más de diez años. Me admira la forma en que escribía entonces. Una patrulla pasa con las luces de las sirenas encendidas y, de pronto, el afiche resplandece en fulgores azules y rojos. Cambio de postura. Boto el aire, cierro los ojos y echo hacia atrás la cabeza. Tendremos poco tiempo, Mónica y yo, para pegar en algunos bares y librerías los carteles de la función de videos con que planeamos recoger fondos para su cortometraje, y luego ir al Matacandelas, donde se presentará el programa, a reclamar las boletas, que tenemos que vender por nuestra cuenta. Me tomo un sorbo de café. Está menos caliente ahora. Le echo un vistazo a la muchacha. Tiene los ojos fijos en mí. Me rehúye, mira en torno una vez más, frunce los carnosos labios, se pone en pie y se dirige a la barra. Se recuesta en ella mientras le habla a Juan, el barman, y empina el trasero provocativamente.

Luego se sienta donde estaba, se echa el pelo hacia atrás, consciente de que la estoy viendo, y me enfrenta con sus ojos nítidos, intrigantes. Yo le sostengo la mirada, ella distrae la suya y pasa su lengua presionándola por dentro de sus mejillas, y la deja allí un momento.

No debo ir a hablarle.

Es lo que más deseo, ir y decirle –mientras pienso cómo hacer para que, dichosa, se siente desnuda a brincar encima de mí– que la invito a tomar lo que quiera, que mañana hay un concierto en el Ateneo, que podemos irnos a acampar el próximo puente o pegar de una para un motel… Su actitud es, o me parece, más que suficiente para yo creer que me podría dar chance, y en otra época tal vez ya estaríamos conversando, pero me pregunto qué pasaría después si tengo suerte, cómo explicar a Mónica adónde me fui, o dónde estaría si concierto una cita y ella me llama en ese mismo instante. No tengo idea. No tengo corazón para mentirle a mi novia, ni soy tan bajo como para esconderme, y, además, me enorgullece saber que ésos apenas son los más leves motivos que tengo para no hacer, ni decir, ni motivar nada. Mónica no es la primera mujer que me hace dar cuenta de que, en mi caso, cuando yo estoy saliendo con alguien, lo más sano es concentrarme en esa persona.

Sin embargo, la cercanía de esta muchacha me incita a los actos más salvajes. Es un impulso que me ataca con violencia ante cualquier dama que me agrada, un vértigo alucinante, una fuerza que llega a dominar cada uno de mis pensamientos. Bajo ese influjo autoritario, mi única dignidad surge de la falsa indiferencia, o más bien del altivo interés que logro transmitir a esa mujer que, por lo general –o al menos en los casos memorables–, también me coquetea de lejos, sin palabras, con igual malicia, igual disimulo. En verdad, al final todo se olvida, y si no se olvida, deja de pesar, deja de morder en la memoria. Ante la luminosa adolescente de jeans hormados y camiseta ombliguera que se sube al bus y cuando menos piensas te está mirando de reojo, mordiéndose los labios, quieres tomarla del pelo, Santiago, morderle tú esos labios, pero sabes que no lo harás. Tu mente vacila como si tal vez fuera necesario intentarlo, e incluso preparas entradas, saludos, piropos, preguntas amables o sugerentes, si no para un flirteo, siquiera para una conversación pasajera… Tienes que estar muy ganoso para atreverte, y sólo después, cuando ya la muchacha se haya bajado en el Parque de El Poblado o en Vizcaya, te convencerás de que dar ese paso era lo más natural, lo más obvio, lo propio, aunque tal vez lo creas así nada más porque no llegaste a comprobar cómo era de difícil y engorroso seguir con el juego, o porque aún no te has percatado de que podría haber sido tan humillante como en otras pocas, lamentables ocasiones.

El hecho es que ya la chica está muy lejos y, más que excitación por su recuerdo, lo que sientes es una casi imperceptible, afiladísima melancolía. El deseo, reprimido en el momento crucial por una voluntad lúcida y temerosa, da paso a la voluntad decidida, loca, de un deseo ahora inútil y menguante. Quizás, es cierto, fantasearás un poco más –quizás eso es lo que en verdad querías, a solas en tu cuarto, alentado por visiones inverosímiles, atropelladas e irresistibles–, pero al otro día, si es que piensas en ello, difícilmente te preguntarás qué debiste hacer. Lo único que queda es, si mucho, una amargura o un fastidio que nada tienen que ver con la oportunidad perdida, sino más bien contigo mismo. Al fin, la muchacha de curvas portentosas te importará tanto como si nunca hubiera existido, y si algún día vuelve a pasar a tu lado, la hallarás, en caso de que la reconozcas, insulsa, vulgar, borrosa.

Así y todo, ¿cómo entender que en este momento sea incapaz de hacer un solo gesto sin pensar en cómo lo verá la muchacha que tengo al lado, a quien Gloria le acaba de servir una cerveza y que habla por celular, embelesada, tal vez con su novio?

Es mi vanidad incurable. Si hoy por hoy no me interesa tener ningún romance, salvo con Mónica, sólo puede ser mi posible imagen de hombre atractivo, seguro de sí mismo, lo que en últimas tiento, desde el fondo tempestuoso de mis deseos, cuando estoy cerca de una hembra atrayente, más que cualquier afán cierto de placer. No estoy buscando nada, no quiero nada más de lo que tengo, y aún en el insólito caso de que, menos temeraria que torpemente, me lanzara a una conquista, estando tan bien como estoy con Mónica, no sería más que esa imagen viril lo que buscaría confirmar en realidad, pero al mismo tiempo cediendo a todo, perdiendo casi lo único que puedo decir que haya ganado en la vida. Porque, en el fondo, lo que mi noviazgo con Mónica ha significado para mí no es sino un poco de respeto por el frágil armazón que me sostiene, una conciencia profunda, aunque intermitente, de mi muy engañosa y un tanto debilitada naturaleza. Ya no tengo veinte años para pavonear noches enteras con nadie… Sin embargo, mi sexo se resiste a aceptarlo.

Después de todo, no está lejos la noche en que Valeria, ese angelito de pechos como bolas de helado, luego de convivir tan estrecha y amistosamente conmigo como con nadie más durante varios meses en la clínica donde ella se hacía el mismo tratamiento que yo, deshizo para siempre nuestro abrazo, compungida, en el momento en que yo, que estaba hechizado por su alma, le dije, un poco en broma y un poco en serio:

  • – Valeria, para que nos entendamos: yo lo único que busco con este tratamiento es dejar las drogas para fornicar en paz.

La chica cuelga el teléfono, sonriendo, y me lanza una mirada fugaz. Luego, con una seriedad pasmosa, se vuelve a pasar la lengua por el interior de sus mejillas.

Yo resoplo. Me muerdo los labios y miro a la calle. Cantinflas se ha acostado a dormir en la acera.

“Esta pelada es un buen ejemplo de sus tiempos”, pienso. “Apuesto a que si me le acerco, después ella jurará que lo hice atraído por su inteligencia”.

¿Por qué siempre se demorará tanto Mónica? La llamo y no contesta…

Estoy loco por verla, y es sólo una personita, una mujer de carne y hueso, un simple rostro entre los cientos que veo por la calle, perdidos en la inmensidad, ese ser que espero, y en quien pongo toda mi ternura, todo mi calor, toda mi difícil esperanza. A Mónica he aprendido a descifrarla, a preverla en sus flaquezas –en sus tremendos celos–, y ella también ha debido domarse conmigo, y de no ser el amor un río más revuelto que cualquier otro, en donde sólo pesca con fortuna la verdadera astucia, hace mucho que me hubiera librado de su lazo, porque del amor, la trampa es su tesoro, esas carcajadas impredecibles que nos invaden por la más mínima tontería, por el enredo más insignificante en que alguno de los dos cae cuando habla, esa conmoción mía ante los sonidos de aprobación o rechazo que Mónica, sin darse cuenta, emite cuando está leyendo prensa o viendo una película, esa hermosa inquietud suya por saber lo que pienso, o dónde estaba, o qué hice la noche anterior… Esa tierna codicia, que no cambio por nada.

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