Sobre Colombia y la esperanza

balas cruzadas

No me extenderé mucho, pero sí algo. Cuando yo era un niño veía a mi padre llorar por las muertes de sus amigos y colegas en el Tribunal Superior de Medellín, que fueron cayendo uno a uno: tal vez también lloraba por su propia familia, que en cualquier momento podía quedar sin él.

Cuando el M-19 y el Ejército Nacional se dieron a combatir en el Palacio de Justicia con los rehenes de por medio, y como si estos fueran los que tuvieran que pagar por todo, hasta lograr el holocausto que sabemos, papá habló esa noche por teléfono con el magistrado Horacio Montoya, que escondido en el suelo en su oficina oía la balacera pegar contra todo. Yo mismo oía la balacera por la bocina que papá sostenía en la sala.

Al otro día supimos que Montoya, de la Sala Civil, si mal no recuerdo, fue uno de los más de diez magistrados que murió ese día. Mi hermano, al enterarse, dijo: “Eso sí me duele”, y era normal. Horacio se tomaba los tragos con mi papá. Pero como Álvaro Medina, como Héctor Jiménez, como tantos otros colegas de papá, todos los muertos del Palacio y de la guerra del narcotráfico contra el aparato judicial, y todos los muertos de las guerras de esos tiempos, eran gente.

Gente que salía a pasear con la familia, o que disfrutaba al oír la voz de su madre, y que se acostaba con su pareja, por no hablar de esas madres y esas parejas que también morían y esos niños todos ellos que también morían. Poco después mataron a Carlos Mauro Hoyos y yo sentí que algo en Colombia era profundamente desconsolador, que nada me permitiría esperar algo distinto a la balacera, al homicidio.

A Pardo Leal lo mataron y yo ya dije: “Ni se lamente, mijo”. La masacre de la UP era tal como ahora vemos que sucede con los líderes sociales. Uno tras otro, y uno se iba como anestesiando. Ya, penosamente, era ruido. Parte del paisaje. Si uno trataba de considerar la situación en toda su magnitud, cosa imposible, además, no podría más que hundirse en la depresión. O bien, tendría que asumir tal situación de dos maneras posibles: como una realidad cotidiana que habrás de combatir día a día con la frente en alto, sabiendo que en cualquier momento te matarán a ti, sin que eso importe ya mucho, o bien, asumirlo como esa misma realidad cotidiana que ya preferirás considerar de lejos, tratando de hacer un nidito, digamos, dónde vivir tu intimidad sin muchos riesgos.

Luego mataron a Héctor Abad Gómez, y yo ya estaba dirigiéndome al mundo de la literatura y el arte como opciones que me permitirían enfocar en algo distinto a lo que ya sabía una barbarie. Pero lo peor es que yo aún tenía esperanza en la democracia, e incluso tenía esperanza en un sistema de mercado, aunque eso sí, regulado. Pero en tiempo de campañas electorales mataron a Galán y ahi mismo mataron a Pizarro y ahí mismo mataron a Jaramillo, y yo veía brincar de la alegría a algunos compañeros de colegio, hijos de hacendados bananeros.

La historia se haría muy larga… En ese instante, faltaban todavía algunos años para que la Operación Génesis demostrara la inhumanidad absoluta, ya dirigida contra los civiles inermes, y luego el paramilitarismo se entronara del todo, como si fuera algo natural, en el estado colombiano (si es que faltaba algo para los narcos en este sistema).

Los años de mi drogadicción fueron los mismos de ese periodo de ascenso del paramilitarismo en el que quise llorar el asesinato de Jesús María Valle con mi película “La valentía”. Ya los informantes se cernían sobre mí, que era una celebridad en el mundo de la cultura, y decían cuando yo pasaba: “No lo perdamos de vista, él es clave”.

A veces los enfrento en la calle, por esos tiempos, les pongo problema si es que les molesta mucho que me trabe por ahí, los frenteo, quiubo hijueputa, qué querés, pero ellos agachan la cabeza y se van.

Cuando salgo de mi drogadicción lo hago con la consigna de la esperanza. Estaba ya tan saturado mi sistema nervioso que decido hacer tábula rasa y reconciliarme, es como si naciera de nuevo y veo el mundo con otros ojos. Pero el sistema me demuestra con prontitud que no le va a dar ni un espacio a cualquier idea de discusión social por medio del cine, y cuando advierto que es inmoral seguir haciendo parte de medios de comunicación que avalan el absolutismo, legitiman el crimen y niegan el debate democrático, empiezo a trabajar un poco como periodista ecologista y hago un documental en torno a la falacia de la idea de verdad en nuestro medio, tomando como ejemplo la casa editorial donde trabajo desde muy joven, desde mi adolescencia.

Me vuelvo una pequeña piedra en el zapato y el acoso de los paramilitares, traducido en la persecución de sus alfeñiques mandaderos de mirada bravucona o de disfraz payaso (a veces, casi sin saberlo, es el mismo jefe del proyecto en que estás o el compañero de trabajo), se hace un acoso pérfido, que incluye obstaculización en todo: desde el empleo hasta, a veces, el bañarse con agua caliente.

Pero existe por entonces la promesa pomposa de que va a haber paz y una democracia más verdadera. Y yo sigo con la bandera de la esperanza y no me desbarranco de nuevo en la droga de ningún modo, ni miro para allá, y cosecho autoridad de otros modos, justamente como respondón a un sistema ladrón y asesino, y me concentro en disciplinas académicas que me legitiman institucionalmente y me muestran como lo que he sido desde niño, un trabajador intelectual denodado, y me doy cuenta al fin de que están matando a un líder social por semana. Luego, a dos líderes sociales y ambientales cada cinco días, luego a uno diario, y que el gobierno niega el súbito incremento del crimen genocida, y en 2018, en enero, ya son dos líderes comunitarios muertos al día.

Y ahora veo que la Fiscalía dice una cosa y otros expertos dicen otra sobre el ataque a un candidato presidencial.

No me iba a extender. Saquen sus conclusiones sobre Colombia y la esperanza. Lo que he aprendido yo es que Colombia no existe. Es otra cosa muy distinta a la que creemos, no es un país. No es ni siquiera un territorio. Colombia es un engaño.

 

2 thoughts on “Sobre Colombia y la esperanza

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