Del cajón de los recuerdos: diario del FICCI 60 [1]

Marzo 12

Ayer llegamos aquí, a Cartacho, a las queridas pero peligrosas residencias xx, luego de encontrarnos en el aeropuerto con el viejo Sebas, Sebastián González, mi partner indiscutido en el fútbol de potrero que hacíamos con el combo de la banquita cada que teníamos unos minutos en el colegio, como Redín y el Pibe en el Cali de los ochenta. Lo mío siempre ha sido de potrero, le decía yo y le dije a Laura Mora, que apareció justo de la nada, también con el mismo destino de Adri y mío (Sebas iba para Santa Marta, a una convención de Hewlett Packard). Fue un gusto volverlo a ver al Sebas y saber que aún compartimos tanto, en especial el desencuentro con varios de nuestros viejos compañeros por motivos bajos y altos de política vil o idealista. Me preguntaba yo por eso al subir al vuelo qué iría a pasar, cómo se iría a ver la postura del Festival cuando inauguraran una versión tan esperada como esta, luego de los escándalos políticos, saludables digo yo, de la inauguración en la versión pasada. Creo que Felipe Aljure se salió con la suya muy especialmente tan pronto vi que la película inaugural (Waiting for the Barbarians, de Ciro Guerra y J. M. Coetzee) ponía tan de frente, desde la entraña del gran cine de espectáculo mundial, y ya sea que lo haga este bien o mal en este caso, el tema de los torturadores civilizados ante las élites que dominan desde hace tanto y seguirán dominando el Festival. La foto de la pantalla gigante era elocuente: Víctor Nieto seguirá siendo el referente absoluto del FICCI, así como Luis Ospina lo será del Festival de Cine de Cali, y ambos por lo menos en las próximas dos décadas. Eso quiere decir lo que decía hace 25 años mi Diario de viaje, y de Joche y Cruz y Andrés: que aquí quieren codearse con la gran farándula pero no complicarse la vida por más que lo mejor de ese cine llegue a tocar temas álgidos. Aljure les dio a beber algo de lo más sutil de su misma bebida, que contiene el antídoto rebelde de toda expresión artística, aun el Music hall. Por supuesto, como lo hacía mi querido Lucas Silva a la salida de la peli, a Waiting for the Barbarians se le podrán objetar muchas cosas, pero creo que, en cuanto a la dirección, Guerra lo hace de perlas, por más que él dirija de lejos, como lo hablábamos Pedro y yo esta tarde –le regué toda una botella de agua fría para ponerle un tatuaje de juguete que solo necesitaba dos babitas, qué pena con él–. La frialdad incluso es parte del estilo de Ciro, y desde luego es algo que no hay por qué reprocharle: no lo critiquemos por frío, mejor dicho, pues frío era Visconti, o Fassbinder más que nadie, o Kubrick, y a veces la frialdad esconde calores apasionados. En el fondo, más ciertamente, hay un respeto enorme de Guerra por la materia que constituye el cine –un asunto que da para rato: Rubén Mendoza incluye muchas cosas en esa “materia”–, y mirarla con distancia es todo un gesto de invocación a un hallazgo que emerja de lo que solo el cine en su forma propia, y no otra cosa, puede dar. O sea: un lenguaje, y por cierto, un lenguaje coral. En ese sentido, la cinta se integra del todo al cine de Guerra, y hay que hilar delgado entre lo que el guion de Coetzee nos quiere representar, y que supongo que los productores le indican a Guerra que lo deje virtualmente intacto, y el flujo audiovisual que pone en escena el director. Lucas me decía que no quiere ver más blancos salvadores, y que este de la película no lo puede ser de ningún modo, y claro, ambos descubríamos que hay diálogos y situaciones de la historia que muestran el desacomodo de ese verdadero protagonista, ese supuesto “blanco bueno” (como los exploradores de El abrazo de la serpiente), en el territorio que debe vigilar, en la tarea que debe cumplir y en la circunstancia en que se ve envuelto. Que él le pida a la ciega que le diga a los guerreros de su comunidad, cuando va a devolverla a esa cultura, que les diga la verdad, y el que de inmediato ella responda: “¿Realmente quieres eso?”, es formidable, porque en la evidente ingenuidad del hombre, él no se da cuenta de lo que representa por sí mismo, a pesar de todo, o sea, no se da cuenta del bando en el que estará siempre. Y resulta impresionante que en ese momento, a continuación, le diga a ella que lo que de verdad quiere es llevársela consigo para el fuerte de nuevo, conservarla como su ideal de pureza, digamos, en la civilización occidental. Es claro por la respuesta de la mujer que ambos están mucho más separados de lo que el “blanco bueno” cree. En fin, así mismo es apenas obvio que el final que a él le espera una vez termina la película es que lo pasen a cuchillo, como le sucederá sin duda a todos los habitantes del fuerte. Esas son cosas brillantes que debemos atribuirle especialmente a Coetzee. En cambio el ritmo sensual de la obra, el logro de imágenes como el delicado contraluz del protagonista cuando mira el cielo del desierto en la noche, los ángulos en la secuencia en que él le lava los pies a la chica y se duerme, el modo en que escupe el jefe de la cuadrilla de nómadas, o sea, toda la dirección –o no dirección– de actores, los inteligentes planos semi-vacíos de la tormenta de arena, su evolución y empalme, son todos virtudes de Guerra, virtudes de alguien que no es un cualquiera en el cine. Desde luego, muchas críticas arreciarán, porque la gente ya a Ciro suele descalificarlo desde antes, solo por haber accedido a jugar con el mainstream, o quién sabe por qué más cosas, descalificarlo desde antes, lo que evidentemente no tiene que ver mucho con el cine como yo lo entiendo (no mucho).

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