Sobrenaturaleza y dignidad de la poesía

Me es preciso advertir que este texto no hace parte de mi disertación doctoral. Es más bien una de las muchas reflexiones que la obra de José Lezama Lima permite elucubrar.

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LA CONQUISTA DE ROMA

No pretendan el lector ni el intérprete de Lezama hallar en su obra y promover un uso o una utilidad de ella, pues son muchas las bondades, son incontables, que emanan de su pensamiento, o más bien, de su escritura. Digamos también que no solo emanan, sino que esas cualidades y utilidades, esos sentidos humanos, colectiva o individualmente aplicables, despiertan, son provocados en quien lea sus páginas, en algo así como su interior, adonde uno aguardaba asociaciones tan remotas que solo una lógica imposible, quizá de silogismos mochos, nos permite hilvanar.

Es decir que a Lezama Lima le debemos agradecer por lo que nos da y lo que ha dado a otros, pero esto no siempre es lo mismo, y pretender que él habla, por ejemplo, en favor del anarquismo, o del catolicismo, o de la revolución –y todo esto se ha dicho– no peca de falso, sino de exclusivismo. Si digo que la lógica de Lezama es imposible, esto más bien apunta a que no se trata de lógica. En eso hay uno de los gigantescos trueques que la poética lezamiana ha obrado: descubrirnos, ad portas del caos lingüístico y epistémico contemporáneo, el carácter primordialmente mágico de la palabra.

En su obra ensayística, especialmente, pero esto pergeña sus novelas, hay un balanceo constante entre creación y descubrimiento, pero nada de esto escapa a la órbita del lenguaje en tanto tejido reptante, que atrapa por sí solo.

Es en “Preludio a las eras imaginarias”, escrito a fines de la década de los sesenta en el siglo xx, en donde él recupera una distinción que hacía Pitágoras entre las fuerzas de la palabra. Lo que nos interesa en Lezama es el modo en que conviven lo comunicativo, lo simbólico y lo hermético, por una especie de factor reactivo que hace que el signo sugiera, llame a algo, en un horizonte más amplio que incluye, por ejemplo, las figuras de los astros o la lluvia.

No hay en Lezama ni por asomo el complejo de quien llega a pensar que sus intuiciones son simples supersticiones y que, incluso, por ello una sospecha improbable que uno tiene debe de ser vista con temor o cierto reproche. En un pasaje central de Paradiso, la novela clave de Lezama, el lector adolescente José Cemí alimenta su lectura de Suetonio en la madrugada con evocaciones de algunas experiencias que él ha tenido en la tarde y las luces de los sueños que ha tenido al inicio de la noche y todavía se enredan en sus párpados.

Ese modo de aprovechar lo que para nuestra cultura laica es, ya desde hace varios milenios, un cúmulo impertinente de eventos intrascendentes, es un saber poético que configura visiones de insólita anchura. Por el cultivo de un diálogo tan profundo entre el vivir de la persona y lo que ese vivir le presenta, Lezama pudo enarbolar a plena consciencia una propuesta que se nos antoja redentora, no solo en la línea del mito de la resurrección en el cristianismo, pero sí al modo de una revivificación espiritual.

El sujeto conquista así en la crítica literaria, e incluso en la historia del conocimiento, un estatus soberano de humilde aquiescencia con su persona, o esto es: con sus búsquedas y sus hallazgos. Solo que la palabra hallazgos se amplía hasta la andadura, incluye los recuerdos, determina la rúbrica, es una creación. Propiamente, se trata de un encuentro. Por ello mismo, es casi natural que Lezama no haya tenido y ni siquiera haya buscado eco en la academia cubana de su generación, y en cambio sí en una serie de creadores e intelectuales de mirada un tanto heterodoxa, aunque no de poca importancia.

¿Qué veían en él?

Hoy en Cuba, la palabra de Lezama es oída con cariño, atacarla es siempre, más bien, atacar a quien busca apropiársela, y en cambio todos saben que a Lezama no es necesario criticarlo porque su escuela asumida era la del que se sabe lejano, o incomprendido, para decirlo con una palabra que no resulta del todo adecuada. Lezama, en suma, no buscaba tampoco que nadie lo comprendiera, y su discurso se destejía, también en los mesiánicos o proféticos  editoriales de su revista Orígenes –porque el Mesías era Martí–, como un susurrarle al cielo.

No obstante, esta falsa altanería, una simple convicción poética, supone un enunciado visible en la vida pública de Lezama y constatable en su obra, por ejemplo en la genealogía de descarriados que compone su historia a la sombra de nuestro continente en ese ensayo decisivo para nuestras letras (o para el vaciado molde de nuestras letras en nuestras mentes) que es La expresión americana. Lo redentor de la creación palpita igualmente en el resto de la prosa lezamiana a borbotones, en relatos y ensayos, rebasando su propia dicción. A lo que sí apunta con decisión es a una idea que a veces resume en la palabra sobrenaturaleza.

Es muy temprano, ya en 1948, en el ensayo “Las imágenes posibles”, publicado en el volumen Analecta del reloj, de 1953, cuando Lezama lanza una serie de sentencias en torno a la permanencia de una revelación metamórfica en la poesía. Pero en “La dignidad de la poesía”, escrito en 1956, el último ensayo de Tratados en La Habana, que verá la luz en 1958, ya es del todo claro que la noción lezamiana de poesía excede con creces lo escrito y lo literario, e incluso lo cultural. Se trata de una poesía movida por la ética, pero esto es en último término una ética movida por la poesía. En realidad, se llega a un trasunto religioso que se confunde con una especie de legislación inexpresable. La sobrenaturaleza es el resto de la historia, una excrecencia que habla –desde ya, pero sobre todo que hablará– con nuestra voz última, oída por nadie.

El ensayo, como otros de Lezama, se inicia con la comparación entre dos imágenes de la historia que él equipara por mucho que se diferencien en su propio carácter real. Lezama suele asumir eventos ficticios de la tradición literaria y mitológica o del refranero popular con idéntica observación que anécdotas históricas, y en este caso su mirada se dirige al origen intangible de un supuesto grito de Cellini, el famoso escultor, antes de matar a alguien, y de la sonrisa de un pontífice antes de escribir que la ley no debe ser seguida necesariamente por algunos individuos que son especiales y estarían aristocráticamente eximidos de ello. El grito angustiado de quien no puede contener un asesinato y la sonrisa beatífica de quien se siente autorizado para disculpar un crimen, surgen en ambos casos de una dimensión que en adelante Lezama considerará en el ensayo como un polo, y que en otros momentos de su obra también entiende ámbito de refracción.

En realidad, se trata de la famosa dualidad entre el cuerpo y el alma, indispensable, según los expertos, para ese sentimiento primordial que origina las religiones, pero no solo las religiones, apuntemos acá, sino también preguntas como aquella de Hamlet, en el famoso monólogo, en la que presiente, quizá paranoicamente, que quien muere, tal vez sueña. En el caso de Lezama, las dos dimensiones son indiscutibles en la poesía, que vendría a ser una bisagra o un ojal por el que asoma constantemente un espíritu que ve y es visto, que solo se reconoce en eso que podríamos llamar poético y no solo está sino que, por definición, no está. En el signo, visible nada más que por el ojo, duerme la misma presencia que lo advierte. De aquello que da cuenta es una transmutación que lo alcanza en un crecimiento sobrenatural, y eso sería, nada más y nada menos, la cultura (la ciudad, la conquista de Roma).

Ahora bien, una de las observaciones más atrevidas y tenebrosas del ensayo es la pregunta por lo visible, o bien, por lo que en Paradiso es nombrado en un momento, simplemente, la materia, a partir de una referencia casi improbable a la filosofía tardía de la Antigüedad, ya entrando en el Medioevo, en la que a la materia se le relaciona directamente con el mal, con Satanás. Lezama concibe la poesía como una ética porque da cuenta de un imponderable que a veces desencadena en el crimen con toda su angustia, pero que en últimas es indulgente, no puede dejar de serlo.  Este es el fragmento de “La dignidad de la poesía” sobre la ética del poeta que se expresa y la relación de él con su material:

el acto del ethos comienza, no en su dimensión de liberador, sino de intérprete de dos focos polares: el acto primigenio y la configuración de la bondad. / ¿Está en la raíz del acto del ethos el caos, lo que no se manifiesta? ¿Se le pueden señalar las condiciones de bistra, de la serpiente? No dividida, no despierta, dormida, en el sueño más profundo, tendida. En la poiesis se enraíza el acto primigenio, pero de una manera hipertélita, es decir, rompe la concepción de cualquier finalidad, pero el acto de bondad se configura, se detiene por uno de sus extremos; en el momento mismo en que el acto primigenio se detiene, el soberano bien aparece (2009, p. 337).

Para quien conozca bien a Lezama, él está hablando de la resurrección (“el acto de bondad se configura”), pero, en tanto acto primigenio, el espíritu entra a una dimensión que ya no tiene que ver con la vida en un sentido subjetivo, sino que parecería ser la misma muerte. En verdad, el signo no precisa de revivificar al espíritu, más bien vivifica a la muerte, o sea: la poesía, en “el acto primigenio”, sería un transporte de vida desde una dimensión hacia otra en la que, de algún modo, desaparece el bien y se convierte ya en un acto ético, que es algo distinto (lo que queda, a ojos del falsificador o del hagiógrafo). Mejor dicho, en el momento en que aparece el sueño, ya no está; lo invisible no existe una vez se hace visible.

Esta dejación de Dios en lo creado convierte a la roca en una cuna impredecible. Al final de “La dignidad de la poesía”, Lezama invoca el “espíritu de las batallas” en tanto forma máxima de esa ética que es la poesía, de una manera que nos lleva directamente a su lejana alusión a la Bhagavad-Gita en un ensayo anterior, el mencionado y programático “Las imágenes posibles”. Allí hablaba de una “segunda transmutación”, que explica así:

Del combate, descompuesto en un eco y un remolino, queda como el gran zumbido que representa lo temporal, el tiempo no encarnado, el tiempo que no hace historia sobre la tierra. Tiempo poemático, forma sutil de resistir sin hacer historia. Y el espacio donde conversan el aprendiz y la sabiduría perecederamente encarnada (Lezama Lima, 2010, p. 125).

Es decir que, si en la Bhagavad-Gita Krishna le comunica a Arjuna su deber de combatir porque “matar no es posible”, esto se debe a la misma lezamiana inefabilidad del poeta, que cumple con el deber de representar “el tiempo no encarnado”, el deber de “resistir sin hacer historia”. En eso consistiría un perecer sabio, sin temor al destino.

Las consecuencias de esta visión sobrenatural de la civilización podrían verse, sin más, como apertura a las formas orientales del relato, que Borges asocia en su conferencia de la Cábala a los textos sagrados, aquello que sería escrito por Dios. En Paradiso esa invitación está en el modo en que se nos muestra a Las mil y una noches en cuanto modelo para el Quijote y para la propia forma de hablar de Fronesis, que es la forma del libro mismo de Lezama, y por la historia de Atrio Flaminio, capitán romano que sabe beber de las civilizaciones orientales y encontrar su fuente en las supersticiones etruscas de sus soldados: solo con la intuición ancestral y la disciplina mejor alimentada se puede vencer al real bárbaro, aunque Flaminio muera y todo termine solo en un libro, un objeto cenizo para los ojos de la noche.

Lezama Lima, J. (2009). Tratados en La Habana. Letras Cubanas.

Lezama Lima, J. (2010). Analecta del reloj. Letras Cubanas.

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