En mis 30 años como crítico de cine

Restos de un periplo. Fotocopias de algunos artículos para Kinetoscopio, Rabo de Ají y El Mundo

THINK ON THE WILD SIDE

Quiero prender y apagar una velita por algo más que el simple aniversario que cumplo en estos días de haber publicado mi primer artículo de cine en la revista Kinetoscopio. O sea, soy yo quien quiere felicitarse, por supuesto, pero no solo por tener treinta años escribiendo y publicando, sino por rasgos que he visto ahora, cuando dedico estas tardes a armar un compendio de mis artículos sobre cine antioqueño.

Dentro de los materiales probatorios de mi producción audiovisual y literaria que envié a la Escuela de Comunicación Social de la Universidad del Valle a inicios de 2011 para titularme, he podido hallar no solo aquel primer artículo, sino muchos más –tal vez demasiados–, y es una gran alegría comprobar que, en efecto, no solo hay un hilo que conduce a todo lo que he hecho luego y hago hoy como literato y profesor de lenguaje y humanidades en la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales de la Universidad de Antioquia, sino lo que, más que considerar personalmente aportes, puedo constatar que fueron voces desoídas en nuestro medio, y que perdurarán por encima de la obediencia ilusa a un sistema sin fisuras.

Ya el escrito de abril y mayo de 1991 sobre El padrino III se enfrentaba contra la manipulación de los medios y el espectáculo de la información, anticipándose a lo que habría de ser –y aquí entre nos, sigue siendo– mi falso argumental Tratado sobre la mentira, de 2014, un pequeño fenómeno en nuestra cultura antioqueña, y no tan silencioso como más de uno necesitaba hacer creer. Esa coherencia, menos mal, es metamórfica, ya no un lamento por la falacia de los medios masivos, como entonces, sino un puro escepticismo, y quizás en un futuro no lejano constituya un programa ideológico, así no esté yo aquí.

Lo que me admira realmente es que un año y medio después, un artículo del suplemento Dominical del periódico El Colombiano, publicó un artículo de un niño de 18 años que saludaba al incipiente movimiento de video en Medellín, respaldado en los reconocimientos que acababa de hacer a algunos realizadores Luis Alberto Álvarez en ese mismo periódico, en Kinetoscopio y en el I Concurso de Video del Centro Colombo Americano, al señalar la importancia central para el cine nacional del video de Carlos Bernal y Beatriz Bermúdez en Medellín y Bogotá, de Óscar Campo y Luis Ospina en Cali, de Víctor Gaviria en Medellín y Urabá. Mi artículo, del 10 de enero de 1993, concluía así: “Que Medellín, con el video, se esté comenzando a filmar es, sin duda, el hecho más sugestivo, más inquietante y más delicado que le haya sucedido al cine regional en mucho tiempo”.

Lo que empezaba en ese instante era un camino que habría de ser muy doloroso. Solo unos pocos meses después, Juan Guillermo López era asesinado cerca de su casa, por Laureles, y así toda una veta productiva quedaba trunca, tanto en la crítica como en la realización, pues López había promovido el video experimental de John Jairo Restrepo, había hecho ya algunos documentales, tenía un guion por rodar premiado por Focine, era un gay lector de teoría, extraño en nuestro campechano gremio de esos días, contradictor de muchas tendencias retrógradas en lo político y carentes de sentimiento humano en lo económico.

Si muchos pensaban que entre él y yo existía una oposición, esta era ficticia y pasaba por el rechazo que sentían por Juan Guillermo otras personas muy cercanas a ambos. En cambio, yo quise y logré retomar su testimonio y continuar sin hacerlo evidente. El rechazo se fue trasladando hacia el Santiago anárquico que promulgaba desde su crítica lo imprescindible del video que ya Luis Alberto prefería negar. Pido atención a este detalle. En 1994, Víctor Gaviria concluye una de sus mejores obras, Simón el Mago, y Luis se aprovecha ampliamente de la situación para frenar en un artículo sobre esa película el impulso demasiado liberal del video en Medellín afirmando que solo lleva al disfrute de un ghetto.

Si tú lees, en cambio, lo que decía el mismo crítico como conclusión de su artículo legendario sobre Nuestra voz de tierra: memoria y futuro, de Marta Rodríguez y Jorge Silva, entenderás porque yo ripostaría de esta manera un tiempo más tarde en el periódico El Mundo, el 28 de marzo de 1998 (ya muerto Luis y poco antes del paso de La vendedora de rosas a Cannes):

es ridículo atender al hecho de que una película [de Víctor Gaviria] sea realizada en video o en celuloide. De hecho, si Que pase el aserrador y Simón el Mago, que fueran hechas en video, alcanzaron mayor audiencia oficial que Rodrigo D, vemos que no es precisamente a un ghetto a donde condena este formato.

En efecto, Luis afirmaba en su artículo sobre el magistral documental de Rodríguez y Silva que la televisión era un vehículo formidable para obras que necesitaban expresarse más allá de las coordenadas del mercado, y que eso lo demostraba que, en una sola noche, la emisión de Nuestra voz de tierra por un canal de televisión en Alemania había logrado obtener el número de espectadores que ninguna película colombiana había alcanzado jamás, ni siquiera la más taquillera de Nieto Roa, El taxista millonario.

¿En qué quedamos?, sería la gran pregunta. Al parecer, Luis no se dio cuenta nunca de que Simón el Mago pasó por Teleantioquia y luego la compró RCN –si mal no recuerdo, cuando era solo una programadora, o sea: antes de ser un canal–, y no se percató el cura de que con esa obra superior del cine colombiano de los noventa (todavía hoy subestimada como rareza por un estamento cinematográfico bastante cegatón), sucedió lo mismo que con Nuestra voz de tierra, y que, entonces, el video era como dije yo desde muy temprano: el camino, y la televisión un instrumento de difusión más que suficiente, prometedor de nuevas relaciones socioeconómicas en su ámbito comunitario, que por esos días florecía con esperanza.

Desde luego, lo mío era una campaña corporativa y personal, pero también una campaña política, desde lo cultural y lo estético, desde un tipo de narrativas indiscriminadas, desde un sentir poético de la imagen vibrante de nuestro entorno y de la comunicación palpable, hombro con hombro, de las comunidades, que facilitaban el video y la televisión comunitaria y que el estado cooptado por el capital, luego, volvió nada más, de nuevo, cosa de pocos, incluso en la televisión, y primero que nada en la televisión privada, y en seguida por medio de la centralización de los estímulos cinematográficos y los estándares internacionales para la producción, que hoy muchos consideran inocentes e indispensables.

La división entre cine arriba y video abajo fue uno de los mayores fracasos de Colombia, no un fracaso mío y de Joche y Ana. Pero como he estudiado literatura a fondo en los últimos siete años y he visto el trabajo de los grupos de investigación de la Universidad de Antioquia, sé que, en realidad, fue un triunfo pírrico de los sectores más astutos de la sociedad.

Mis treinta años en la crítica, que ha sido una crítica variada, con expresiones audiovisuales, radiofónicas, aquí marginales, allí formales, a veces rigurosamente líricas, a veces embelesadamente sobrias, por un tiempo ingenuamente impersonales, después abiertamente confesionales, siempre erráticas, son la búsqueda sin fin de la independencia de criterio, que como nos lo decía A. O. Scott, el eminente crítico de The New York Times, es tu único patrimonio como crítico. En ese camino, las evidencias quedan, y el tiempo sabe.

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out /  Change )

Google photo

You are commenting using your Google account. Log Out /  Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out /  Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out /  Change )

Connecting to %s