Carta a mis lectoras en torno a la saga ‘El silencio nos mantenía despiertos’

Captura de pantalla extraído de URL: https://mundoperformance.net/2020/08/25/manifiesto-cyborg-ciencia-tecnologia-y-feminismo-socialista-a-finales-del-s-xx/

Si decido publicar en Amazon, el verbo que usé fue publicar, no vender, porque puedo.

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Estimadas, no solo las mujeres, o las hembras, también los todos varios, y quizás incluso aquellos a quienes no escribo pero de todas maneras me leen, sed siempre bienvenidas. Dense cuenta de que sé que hay gentes a quienes no escribo, también son bienvenidas.

(Para empezar, me fascina decir todas para incluir a los géneros porque eso demuestra, ante todo, lo artificial del lenguaje; así, podría decir todes, pero me gusta que le dé rabia a quien que cree que decir bienvenidos a tres mujeres y dos hombres es “lo debido”).

Pero además, dando continuidad al paréntesis, como si algo se manifestara por fuera de él, resulta que realmente prefiero valorar algo que es terrenal en el aire, materno en el fuego, abierto en el vacío, y por eso decir dios madre, o diosa verdad, es lo mío.

Esto mío, sin duda, es algo, cómo decirlo, incorrecto, o más bien heterodoxo, pero yo mismo desvarío al decir que lo es, porque no lo creo. O sea, para mí no es incorrecto decirles a todas ustedas lo que digo diciendo ustedas, o lo es solo según convenciones.

Por eso, si hago literatura y mi escrito se funda en desvíos de ese corte llevados a cierto extremo, suceden discordancias que retuercen las relaciones con los editores y sobre todo con las editoriales, en especial cuando uno ya descree de todo poder en la cultura.

Las convenciones, desnudadas, exigen un trato diverso que hoy las editoriales no pueden contener sino a costa de un desfalco de su propio tesoro. La situación es pródiga para un tipo de narrativa, no siempre universal, pero niega otras, no por malas, si no venden.

Recordemos lo que fue un anhelo recurrente de la crítica literaria de nuestro continente desde sus albores: la autonomía del escritor, la institucionalización de su oficio. Vargas Llosa agradecía haberse ido de un Perú que lo condenaba a ser “un escritor de domingo”.

Rama, hablando de la configuración de las letras hispanoamericanas en el xix[1], destaca el que no sean solo nuestros autores quienes se establecen cuando el mercado de los libros se expande por esos días, sino también un público lector, y el oficio sería fruto del público.

Henríquez Ureña, medio siglo atrás, solo percibía la posibilidad de un escritor profesional en Hispanoamérica en “naciones serias” que asimilaran la democracia europea y valoraran al libro en la creación de un espíritu nacional[2]. Las instituciones encauzarían al instinto.

Podemos provisionalmente saltarnos todo lo que se ha escrito desde entonces al respecto, incluyendo primero que todo las reflexiones de Fernández Retamar sobre la identidad entre la busca del escritor hispanoamericano y un proyecto universal marxista.

Si uno considera lo que fue el grupo Orígenes, en La Habana, al mismo tiempo del apogeo de la revista Sur en Buenos Aires, o lo que era ya el Grupo de Barranquilla, sería fácil desmentir el decir de Henríquez Ureña sobre las “naciones serias”, pero eso él lo previó.

La diferenciación entre dos Américas, muy usual a lo largo de nuestra literatura, y que pronto fue incapaz de explicarse en los polos de civilización y barbarie que definiera Sarmiento, solo se resolvería de verdad, según el dominicano, en una sociedad diversa.

Y es que tanto Barranquilla como La Habana son puertos, al modo de Buenos Aires, y de ello proviene mucho del universalismo que buscaban García Márquez, Cepeda Samudio, Marvel Moreno y Lezama Lima y sus amigas, tanto como Victoria Ocampo y Borges.

El propio Carpentier, lejano a Lezama, era –y aun más que cualquiera– un representante universalista de lo literario, que se preguntaba cómo comunicar a una generalidad amplísima de lectores de la lengua castellana la identidad de ese orbe abigarrado cubano.

Así que no son unas democracias estables lo que define un encauzamiento o cultivo del instinto narrador en nuestras tierras. Pero hoy tampoco podemos afirmar, con Rama, que el crecimiento de un público lector haría al escritor autónomo porque así vive de su oficio.

Hoy, la pretensión sana en otros tiempos de consagrar todos los esfuerzos de los estudios literarios a fortalecer la institucionalización del oficio de escritor, debe orientarse por todo lo opuesto a un vínculo con el régimen productivo e incluso a una retribución económica.

Esto no supone una prohibición a vender el trabajo a una editorial o a un público o a un mecenas, pero sí implica entender al oficio del escritor como algo que está más allá y que, si bien engloba también esas posibilidades, las condiciona, en lugar de depender de ellas.

Sutilmente llegamos a un terreno que es axiológico y no primordialmente laboral. En otras palabras, la sociología se toca con la cultura y por entre ellas la savia baja a la economía desde un orbe ético, cuando no puramente espiritual, que modera toda visión práctica.

Es decir, incluso lo político en sentido programático, pero más que nada lo objetivamente funcional, se ve sometido a la necesidad de encontrar un más allá en los escritores de domingo que quizá con paciencia de hierro logran escribir a diario sin avanzar, pensando.

Yo he sido uno de ellos, para salvaguardar mi obra de los afanes del mercado, desde cuando supe que una novela mía dejó de recibir un premio importante porque un jurado que el gobierno nombró para medir las posibilidades de venta de los textos la descalificó.

Pero ya antes por intuición trabajaba de ese modo. La frase de Vargas Llosa sobre el poco futuro que tenía un escritor en el Perú para vivir de su oficio, me llevó a tomar la alternativa que él perezosamente formulaba para criticarla: ser un escritor de domingo.

Y por eso he venido a caer en la cuenta de que lo que en otros momentos de mi carrera fueron decisiones mancomunadas de mutilar mis textos, unos textos hechos a conciencia, seguramente ayudaron en algunos aspectos a los libros, pero a veces los dañaron.

Me he negado a seguir mostrando mi obra a las editoriales no porque no crea en los editores sino en el mundo de hoy, en la frase que a veces ellos deben decir sin estar de acuerdo con ella: tu libro no tiene salida. Por supuesto que tienen la razón, pero en el mal.

Es decir, eso no quiere decir que la salida no pueda ser por otros medios, y si miramos bien, sucede que hoy en día los escritores no necesitamos y muchos tampoco queremos ser lo que nos pide, sea por tradición o por cambios recientes, el mundo editorial.

Tomás González hablaba de ese ritmo fatigoso de las ruedas de prensa, pero yo a eso no he llegado. Yo me refiero a la imposición de que promociones tú mismo el libro y le cuentes a otros que van a entretenerse mucho con él, cuando uno quiere es que sufran.

Uno quiere que lloren de la risa como cuando uno cae de culos en un rodadero, que espabilen incómodos y volver unas líneas atrás les sea como mirar a todos lados con precaución, que la lectura sea como cuando el chocolate te hace sudar, y vos plena.

Eso es parte de ese retorcimiento de las convenciones que, en últimas, es una forjadura cognitiva de caminos y puentes, en el horizonte de excepciones que nunca fueron tales, sino posibilidad de sinapsis, de asociaciones inmanentes, de comunicación superior.

Muchos creen que considerar los sueños, las imágenes interiores, es capricho narcisista, individualismo, apego al ego, pero no necesariamente es así, ni la opción adversa es siempre humildad o sobriedad. El sendero allanado suele solapar conformismos y codicias.

Si decido publicar en Amazon, el verbo que usé fue publicar, no vender, porque puedo.

Ha sido mi compañera quien ha logrado que conciliemos con la posibilidad de liberarnos de la dictadura de las convenciones editoriales –establecidas en contravía del arte y la originalidad, a las que adormecen en el discurso liberal–, sin tener que regalar el trabajo.

Lo que me importa es dejar en un repositorio accesible la totalidad de mi obra para un público lector que excede con mucho a lo que hoy se considera de diversas maneras como la sociedad o los lectores: opinión pública, circuitos comerciales, espacios de validación, etc.

En ese sentido, la saga que estoy escribiendo y he puesto junto con mis otros veintitantos libros en un Drive literario hasta hace poco, titulada El silencio nos mantenía despiertos, será un ejercicio en diversas vías, tal vez una franquicia multimedial.

Al decir de los Carpenters, solo estamos comenzando. O de Tarkovski: la muerte no existe.

Sin duda, vertientes editoriales como la que inicia Amazon significarán un sacudón lingüístico, pero además de ello, posibilitan experimentaciones semánticas más anárquicas y de novedosa incidencia en reductos no indiferentes al entorno de sus textos.

Debo decir que la identificación pueril de cualquier lectora ante lo acaecido en esa historia con personajes de la vida real que crean ubicar solo da pie a complicaciones exquisitas, pero no se sostiene con ninguna semejanza eventual.

Digamos, para solo acudir al punto más álgido, cuando Daniel, en Argumentos de poder, la primera parte de mi saga, le dice a Julián que un hombre “puede tener las mujeres que quiera”, esa frase zanja la partición con el supuesto referente de ese personaje.

En efecto, tanto Julián como Daniel pueden ser rastreados en la historia de Medellín y aparejarse con dos ciudadanos cuyo trayecto es visible para sus contemporáneos, pero quien conozca a estos sujetos imputables, puede dar fe de que la frase es extraña a ambos.

Lo que he intentado, en suma, es lo que alguien tan cercano como Gabo hizo siempre, metaforizar la realidad, y también Gaviria en sus películas, una documentación por desplazamientos. Fue el patriarca del hogar común quien dijo aquello, no un Daniel real.

Por supuesto, todo patriarca lo oyó de una especie de patriarca arquetípico. Me es ideal y cómodo por lo legítimo el proceder tal y como le respondí a mi adorada María Cristina Restrepo en el lanzamiento de Todas las huellas: nombrar para esconder.

Aquí llevamos a un extremo liberador lo que la literatura urbana nos impuso desde el realismo rural de Yonville, o desde la mitología formativa de Troya, y que Caicedo instauró aquí, a partir del mito del colegio perjudicado por Vargas Llosa en La ciudad y los perros.

Vargas Llosa habló del Leoncio Prado o de Manuel Odría como telones de fondo, y del Jaguar y Cayo Bermúdez como figuraciones de seres que fueron antes algo y en el libro llegan a ser otra cosa. En mi saga, la propia Medellín es y no es. Julián viaja en el tiempo. Así es la vida.

Pronto sustentaré mi tesis doctoral, en cuyo introito afirmo que la primera dictadura ante la que nos debemos revelar es el lenguaje. Esto, llevado al extremo que nos enseñó la gran literatura latinoamericana del siglo xx, es también liberarnos del tiempo, y aun del cuerpo.

El silencio nos mantenía despiertos es más o menos que una novela total: una novela ruina, una novela desierto, o quizá jardín, en el sentido del laberinto borgiano, de senderos que se bifurcan. En cada parte está el todo. Por eso en el futuro podría haber parte 23 sin 22.

Lo que es clave es que siempre habrá fuego en el 23. “A nosotros no nos determina nadie”, como decía Fidel. Y bien, así me despido sin despedirme: sigo aquí, con una fórmula salvaje, inmisericorde, cristera, con la que debemos enfrentar al león de todos los circos, la mueca.

Sed feliz.

Pd. Todo ataque será usado en mi defensa. No soy nadie, legión.


[1] Rama, Á. (1985). “Autonomía literaria latinoamericana” y “La modernización literaria latinoamericana”. En: La crítica de la cultura en América Latina. Biblioteca Ayacucho, pp. 66-96.

[2] Henríquez U., P. (1998). “Caminos de nuestra historia literaria”. En: La utopía de América. Biblioteca Ayacucho, pp. 45-56.

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