Dioses tutelares [2]: Marguerite Yourcenar

Marguerite Yourcenar (Ville de Bruxelles, UE, 1903 – Mount Desert Island, Maine, 1987). Escritora estadounidense y belga. Auténtica eminencia de las letras francesas.

Desde niño supe que el lugar al que había que llegar era uno como el que permitiera escribir ese pasaje, al inicio de ‘Memorias de Adriano’, en que el emperador, ya anciano y enfermo, habla del mal sabor de su saliva. El detalle podría parecer indiferente: un dato más, duro, toscamente real; pero algo meditativo en el tono dejaba la reflexión, realmente, en el aire. Es decir: ese algo meditativo permitía entender que algo de maravilla infantil había también en esa percepción de un ser que sabe que se está muriendo. Y ese tono meditativo, ese flujo trascendente, “como el agua que fluye”, expresión que es el título de uno de los libros de la misma autora de ‘Memorias de Adriano’, me sorprendería unos años más tarde, no solo en otra obra colosal suya, como lo es ‘Opus Nigrum’ (sería ese tono meditativo mi fascinación), sino ante todo en ‘Alexis, o el tratado del inútil combate’, obra delicada e indestructible, mi favorita entre todas las de ella, y en ‘El tiro de gracia’, pesadísima tragedia, alentada en todo sentido por la lucidez, una oscura obra maestra. Y es una mezcla, el tono meditativo del que hablo, de compenetración y distanciamiento, de afección y frialdad, o compasión y desapego. El diálogo de Zenón con el prior franciscano, sobre las guerras religiosas en Flandes, en ‘Opus Nigrum’, por ejemplo, es de los fragmentos que me han permitido sobrevivir en este mundo, o más que sobrevivir, disfrutarlo, pues revela a la guerra y a la estupidez como constantes imperecederas, y además dominantes, en la humanidad, y si no hay mucha esperanza en la política, ni siquiera en el conocimiento, y mucho menos en la religión dogmática, sí que la hay en otras cosas que permiten que la vida sea un asombro creciente, un aroma que despide la mañana que se va, un abismo al mirarnos en el espejo. Muchos intereses ocupan la obra de Marguerite Yourcenar, desde la insondable Antigüedad hasta el ‘spiritual’ americano, pasando por Proust o el ecologismo contemporáneo. Pero lo que más recuerdo ahora es su evocación, en su maravilloso libro de conversaciones con Matthieu Galey (‘Con los ojos abiertos’ es su nombre), de un haiku que dice, más o menos, según lo reinvento: “Saco el agua del pozo / barro la sala del hogar // ¡Qué maravilla!”. Su comentario, de la Yourcenar, sobre ese haiku, es de una sencillez rotunda y entusiasta. Ese sí me lo sé de memoria: “En efecto, ¡qué maravilla!”. Amiga de toda la vida, mi querida abuela: Marguerite Cleenewerck de Crayencour, o Marguerite Yourcenar.

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